lunes, noviembre 27, 2006

La banda sonora

If you take a life do you know what you'll give?
Odds are, you won't like what it is
When the storm arrives, would you be seen with me?
By the merciless eyes I've decieved?

I've seen angels fall from blinding heights
But you yourself are nothing so divine
Just next in line

Arm yourself because no-one else here will save you
The odds will betray you
And I will replace you
You can't deny the prize it may never fulfill you
It longs to kill you
Are you willing to die?

The coldest blood runs through my veins
You know my name

If you come inside things will not be the same
When you return to the night
And if you think you've won
You never saw me change
The game that we have been playing

I've seen diamonds cut through harder men
Than you yourself
But if you must pretend
You may meet your end

Arm yourself because no-one else here will save you
The odds will betray you
And I will replace you
You can't deny the prize it may never fulfill you
It longs to kill you
Are you willing to die?

The coldest blood runs through my veins

Try to hide your hand
Forget how to feel
Forget how to feel

Life is gone with just a spin of the wheel
Spin of the wheel

Arm yourself because no-one else here will save you
The odds will betray you
And I will replace you
You can't deny the prize it may never fulfill you
It longs to kill you
Are you willing to die?

The coldest blood runs through my veins
You know my name
You know my name
You know my name
You know my name
You know my name
You know my name
You know my name

La imagen de la semana







Bond, el espía que nos amó

Los amantes del cine. Del espionaje, la Guerra Fría, el lujo, el glamour que incluso llega a rozar el snobismo, la prepotencia, la elegancia de la victoria y los mejores sarcasmos e ironías británicas estamos de enhorabuena. Vuelve el hombre. Bond, James Bond. El agente 007 con licencia para matar al servicio secreto de Su Majestad.
Y vuelve por la puerta grande. Cómo sólo él sabe hacerlo. Se reinventa y viene rodeado de polémica. He de reconocer que yo fui uno de los primeros que pensó que Craig David, un actor con un palmarés mucho más aventajado que el de los demás rostros del agente del MI6 cuando afrontaron el papel, no era el adecuado. Demasiado musculoso. Demasiado tosco. ¿Le quedarían igual los Armanis? ¿El Aston Martin? ¿La explosiva chica Bond?
Gracias a Dios me equivoqué. Hacía falta un gran actor para contarnos como se adquiere una de las tres licencias "doble cero" que hay en Inglaterra. Para explicarnos como se puede vivir sin sentimientos, viendo el mundo desde el trono que nos da la prepotencia que provocar ganar siempre. Para decirnos que hubo un Bond sin alta tecnología. Uno que se equivoca. Que abandona por amor. Un Bond que se deja ganar por su propio ego.
Y David lo borda. Sin duda. El mejor actor que se ha puesto ese pesado traje que ya se llevó por delante a Timothy Dalton y a Lazenby. Un traje que desvarió con Roger Moore y que parecía maldito en el intervalo que hubo entre el original Sean Connery y el megacomercial Pierce Brosnan (el primer 007 para muchas generaciones después del parón que se dio entre finales de los 80 y la primera mitad de los 90).

Vuelta a los orígenes
El nuevo-viejo Bond nos recuerda que hubo un tiempo en el que los espías corrían tras sus "víctimas". Una época en la que primaba la picardía. Y una época en la que la oscuridad de los tiempos no era capaz de tapar la elegancia de unos pocos elegidos.
Ian Fleming se imaginó este James Bond. ¿Es el color de pelo lo más importante? Creo que no. Craig tiene una forma de mirar que sólo tienen los ganadores a los que les espera un gran futuro y lo saben (como a la propia Franquicia Bond). Una forma de correr como la que se supone que debería tener un espía de élite. Por fin lucha empleando algunos rasgos de artes marciales como en la propia novela de Ian Flemig. Es sarcástico y poco hablador. Sólo dice lo que tiene que decir.
Y muestra un rasgo común a todos los hombres. Sólo hay algo que puede refinar y hacer cambiar a un hombre: una mujer. Esta vez no es un trozo de carne embuelto en un traje de gala espectacular. Esta vez tiene sentido. Tanto que nos marcará durante las demás 20 películas. Le hace cambiar. Le refina. Le hace más inteligente (que no modesto). Al fin y al cabo, si hay "smokines y smokines", también hay espías y espías.
De nuevo vuelve a sus orígenes: al puñetazo, a la rabia, al disparo sutil y cruel como la hiel. Regresa en su Aston Martin DB5 del 64 (convertido en el DBS, buen juego de la constructora al convertir el 5 en S, prácticamente con un logo idéntico). Le da igual que el Martini con Vodka sea agitado o mezclado: porque todavía no sabe que beberá desde entonces el mítico Vesper: tres partes de Gordons, una de Vodka y una gota de lima.
Además, esta vez también nos olvidamos de malos extraños de países orientales. Los malos de siempre, los de toda la vida están más allá del telón de acero. Están en Montenegro. En Albania. Y a él le toca, como siempre, lo mejor: Portofino, Venecia, Londres, Bahamas.
La saga también regresa para, como hace años, hacernos soñar. Los mejores destinos. Los juegos publicitarios: "¿Rolex? No. Yo siempre Omega". Como siempre ha sido. Hasta en la novela. Siempre lo mejor. Puede que no lo tengamos durante el día. Pero, ¿quién no se ha dormido alguna vez atrapando al Doctor No o desactivando el Goldeneye -casa de las Bahamas propiedad de Ian Fleming en la que nació la leyenda-?
Y como no. A la vieja usanza. Un semidesconocido con una banda sonora espectacular y arrolladora. Chris Cornell con su potente y enigmática "You know my name".