sábado, agosto 26, 2006

La imagen de la semana

Impresionante vista del skyline de Manhattan antes de los atentados

United 93, impresionante

Supongo que casi todo el mundo recuerda donde se encontraba cuando ocurrió el nefasto ataque terrorista a EE.UU. el 11 de septiembre de 2001. Estaba de vacaciones en Estepona. Había acabado de comer y en el sofá del duplex alquilado por mis padres, me disponía a disfrutar de una relajante sobremesa haciendo el deporte nacional de los menores de 30, el zapping.
Entonces sintonicé Antena 3 y ví cómo Matías Prats cambiaba bruscamente el gesto mientras nos hablaba de una noticia sin demasiada incidencia -como casi todas las de esa época del año-. Entonces nos dijo que no sabía que ocurría exactamente porque le llegaban multitud de teletipos confusos de la Agencia Reuters y de la CNN. Había un incendio gigantesco en una de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, en el sur de la opulenta Manhattan.
Cuando se pensaba que era una avioneta, las imágenes de la cadena de noticias antes nombrada nos mostraban un boquete gigantesco y, a los pocos minutos, un vídeo de un aficionado que estaba rodando un documental sobre los bomberos de la ciudad, nos mostraban un Boeing 767 volando muy bajo. Lo suficiente como para impactar contra cualquier coloso de la "Gran Manzana".
Poco después aparecía un segundo aparato que, cual misil, impactaba en la zona central de la segunda torre (esta vez los asesinos sí que acertaban -como explicaré en próximos posts) y conseguían aterrorizar, aún más, a la población de Nueva York, EE.UU. y, en mi opinión, Occidente.
Un tercer avión -aunque algunos periodistas y expertos hayan hablado de la posibilidad de un misil- atacó el pentágono.
Matías Prats hablaba, acertadamente que esta dantesca situación era similar a la de cualquier película de Hollywood. Demasiado cruel para poder ser real. Demasiado dolorosa como para no tener un final feliz.
Él último aparato secuestrado realmente (se llegó a temer por nueve más) fue el United Airlines 93 que unía Newark con San Francisco. Sobre éste último se ha rodado "United 93". Un documental -permitanme que me salte lo de película, pues es demasiado dura y demasiado ceñida a la realidad y exenta de ideología como para reducirla a un entretenimiento- que deja de piedra. Que impresiona. Hace que los espectadores no coman. Se peguen a las butacas y, simplemente, quieran escapar de lo que, por desgracia, sabemos que es un final seguro e irreversible.
No tiene imágenes morbosas ni sangrientas. No las necesita. No da opiniones. No muestra a buenos ni malos. Sólo narra que pasó el 11-s desde dentro del U-93. Todo ello a partir de los registros que se conservan de las últimas llamadas llevadas a cabo desde el avión.
Algunos dicen que fueron derribados por cazas. Otros dicen que es imposible pues estaban a 160 kilómetros. Probablemente lo más adecuado sea quedarse con los héroes en un día nefasto en el que nos abandonó la buena suerte.
La recomiendo. Es un homenaje a la labor documental del cine.

domingo, agosto 20, 2006

La imagen de la semana

Los que me conocen saben que soy un amante de la Gran Manzana y navegando me he cruzado con esta bonita imagen. Espero que también os guste a vosotros. Siento haber estado tanto tiempo sin subir nada al blog, pero Blogger no me dejaba subir imágenes y creo que una bitácora sin fotos pierde mucha fuerza.

El profesor


Creo que ha llegado la hora de que dedique un trocito del blog a la crítica literaria. Sé que consumo un tipo de lectura muy especial. Normalmente me decanto por la novela histórica, además de las obras que las emulan (soy un verdadero enamorado de Tolkien y, en especial, de su Silmarilion). También suelo leer libros en inglés, para intentar mantener en forma un idioma que, para mi, está cada vez más "fofo". Os recomiendo, a los que os guste Superman, los libros Smallville de la Editorial Orbit. Cuentan tres historias cortas sobre la juventud del héroe moderno por antonomasia. En ellos se basó la teleserie.
Otro buen libro en inglés por lo curioso que resulta su formato (es una colección de artículos de opinión) es "Notes from a Big Country" de Bill Bryson. En él, el autor inglés, analiza todas las curiosidades del modo de vida americano. Uno de los capítulos que más me gustó fue el dedicado a los sobrenombres que tienen cada uno de los Estados de la Unión. Aparecen en las matrículas de los coches. A partir de este detalle analiza las costumbres de cada rincón del país. Ante todo, original. Es como encerrarse en un capítulo de Los Simpson.
Pero me llega la hora de centrarme en el libro que voy a "criticar". Me lo regaló hace poco mi novia y, sinceramente, después de leerlo no te extrañas de que su autor -Frank McCourt- haya ganado ya un Pulitzer.
En la obra, el escribano estadounidense criado en Irlanda y vuelto a su tierra con 19 años, narra su propia experiencia como docente en el instituto McKee de Nueva York. A simple vista puede parecer otra novela más que podría acabar en las garras de alguna productora estadounidense para hacer una serie de ambiente sesentero y, simplemente, para hacer otra película más para la sobremesa de cualquier televisión protagonizada por Robin Williams (desde que hizo El Club de los Poetas Muertos cada vez que pienso en un profesor de cine me viene él a la cabeza).
Sin embargo la forma en la que trata los diálogos con él mismo. Ver cómo analiza a los alumnos y cómo comprende que el primer estudiado es él, no sólo por su clase, sino por todos los demás -padres, director, demás profesores, etc.- y su capacidad de autocrítica, hace que se convierta en una historia entrañable en la que se nos muestra la evolución del personaje desde el principio hasta el final de su docencia.
A pesar de ser un libro de 290 páginas, en ningún momento decae su ritmo. Siempre nos cuenta alguna anécdota novedosa sobre cómo salía de los apuros, muchas veces por azar, que nos vuelve a despertar y a arrancar una sonrisa para volver a meternos de lleno en la historia.
Además, la capacidad descriptiva del autor, y el genial trabajo de Alejandro Pareja como traductor para poner siempre la palabra exacta en el lugar exacto hace que, gracias a la foto biográfica de la portada, podamos imaginarnos cada una de las cosas que ocurren entre las aulas del McKee.
Sinceramente, creo que es, realmente, un soplo de aire fresco en las librerías entre tanto Código Da Vinci y tregua etarra. Por un momento nos devuelve a las antiguas aulas de los colegios en las que todos vivimos o de las que tantas veces nos han hablado. Al fin y al cabo, ¿quién no a tenido a su profesor?

sábado, agosto 05, 2006

Un Nuremberg para el sionismo

En vista de que el post sobre la Navaja de Occam ha provocado tantas tiranteces (mirar comentarios) he decidido publicar un artículo de opinión que apareció en la sección Iritzia (opinión) de Deia el jueves 3 de agosto.
Está firmado por Iosu Perales, autor de "El perfume de Palestina" y creo que da una visión bastante acertada de lo que está ocurriendo entre Líbano, Palestina e Israel. A continuación os lo paso:
Recientemente un editorial del diario israelí "Haaretz" decía lo siguiente a propósito de la agresión militar sobre Gaza: "Un Estado que ataca indiscriminadamente a la población civil, deja a 700.000 personas sin electricidad, desaloja a más de 20.000 de sus casas y destruye hospitales, ¿en qué se diferencia de una organización terrorista?" Desde la publicación de dicha editorial el Gobierno israelí y sus generales se han superado con creces: han extendido la matanza a observadores de Naciones Unidas y sobre todo a la población infantil tanto en Líbano como en Gaza. Por cierto, la opinión pública mundial debería saber que en los últimos cincuenta años el ejército israelí ha matado a centenares de menores de edad, sobre todo palestinos.
Los crímenes de Israel son justificados por su gobierno y por Estados Unidos, y atenuados por la Unión Europea, bajo el pretexto de la legítima defensa. Es posible que la población israelí no entienda que entre las matanzas de su ejército en Gaza y la reacción de Hizbulá en la frontera del sur del Líbano hay una relación total. Del mismo modo el rapto de un soldado israelí en el puesto militar de Kerem Shalom por milicianos de la franja de Gaza no es sino la respuesta a una fuerza ocupante. Pero Ehud Olmert, como Washington y Bruselas, saben perfectamente cuál es la causa de esta terrible crisis: la ocupación de los territorios palestinos por una fuerza militar y por más de doscientas colonias de judíos. Ésta es la herida abierta en Oriente Medio que la manipulación de los hechos pretende que olvidemos. Se nos dice que Israel se defiende del terrorismo cuando en realidad es una potencia colonizadora que aplica la limpieza étnica para su objetivo de construir el Gran Israel, utilizando para ello métodos de castigo colectivo contra la población civil del más puro estilo nazi.
El objetivo del sionismo es la sustitución de un pueblo por otro en un territorio, mediante la inversión de la demografía a través de tres mecanismos: la expulsión de la población palestina; la prohibición de su retorno mediante leyes; la importación de población judía de todo el mundo para colonizar nuevos territorios en Judea, Samaria y Jerusalén. No es de extrañar que el primer ministro Olmert esté dispuesto a negociar la presencia de una fuerza de interposición en el sur del Líbano, una vez que su ejército se haya posesionado del terreno, mientras que niega esta posibilidad para el caso de Cisjordania y Gaza. La respuesta es clara: el sionismo no renuncia a conquistar más territorios en la Palestina ocupada, pues en su agenda oculta se contempla dominar toda la Palestina histórica, desde el río Jordan hasta el Mediterráneo, por lo menos. En su particular hoja de ruta el Estado de Israel no contempla someterse al derecho internacional y al derecho humanitario. Para seguir siendo un Estado díscolo cuenta con el apoyo incondicional de Estados Unidos en cuyo país el sionismo y la Nueva Derecha Cristiana matienen una alianza teológica y militar.
Israel hoy por hoy representa un peligro para la paz mundial. Más aún cuando sus dirigentes y parte de la población, en palabras del intelectual judío Michael Warschawski, "ha asumido el concepto de choque de civilizaciones y ve la necesidad de una guerra de anticipación permanente". El árabe, lo musulmán, enemigo histórico en la lucha por la supervivencia del Estado de Israel se convierte ahora en un enemigo aún mayor que luchar por derrotar al mundo civilizado. Esta tesis hecha paranoia justifica totalmente la violencia que se pueda desplegar contra la barbarie musulmana. Sin embargo, ni Israel, ni EE.UU. ni Europa deberían olvidar que un joven llamado Osama Bin Laden contempló la invasión israelí del Líbano en los años ochenta y que hoy muchos otros jóvenes están contemplando idéntico escenario. No, realmente por mucho que se diga esta no es una batalla contra el terrorismo: es una guerra que pretende cambiar el mapa político de la región, de Estados debilitados y gobiernos títeres, con Israel como gran gendarme. Esta locura no puede quedar impune, por más que Israel, aspirando al estatuto de víctima del Holocausto culpe a sus adversarios de sus propios estragos. La invocación a los males sufridos por el pueblo judío constituye la base de un discurso que pretende un pasaporte de inmunidad perpetua con el fin de ejercer una violencia despiadada. Es siguiendo esta lógica que el primer ministro Olmert ha culpado a las autoridades libanesas de no haber desalojado el edificio bombardeado en el que ha sido asesinados dos docenas de niños y niñas. Lo mismo dijo ETA a propósito de su bomba en Hipercor.
Ehud Olmert, como Ariel Sharon, sus ministros y generales merecen un juicio internacional por crímenes contra la Humanidad. Los asesinatos en masa de que son culpables no son comparables siquiera con los de Al Qaeda y mucho menos con los de Hamas o Hizbulá, por la sencilla razón de que un Estado está sujeto a la Ley. Cuando un Estado comete actos de terrorismo -Israel aterroriza sistemáticamente a la población civil de Gaza, Cisjordania y ahora el Líbano- su culpabilidad es mucho mayor, pues al quebrar el derecho y violar los convenios humanitarios está poniendo en grave peligro la sociedad mundial y a las relaciones internacionales y sus normas. Si algunos verdugos -no desgraciadamente todos- de los judíos fueron juzgados; si asesinos generales serbios están siendo sometidos a un tribunal internacional ¿cómo se podrá justificar para la Historia el no enjuiciamiento de líderes sionistas culpables demostrados de matanzas horribles? Es evidente que no habrá ningún gobierno ni organismo internacional dispuestos a un Nuremberg para el sionismo. Al contrario, parece que EE.UU. y la Unión Europea seguirán permitiendo que el monstruo sea cada vez más grande, llevándonos de esta manera al borde de una conflagración mundial; pero la sociedad civil, las organizaciones de Derechos Humanos, las ONG, deberíamos hacer algo, aunque sea simbólico, exigiendo al Tribunal de Justicia de La Haya la apertura de un juicio al sionismo. Entonces se les podrá pedir explicaciones de por qué en la estación de autobuses de Jerusalén haya lucido durante tanto tiempo un graffiti que dice: ¡Holocausto para los árabes!