sábado, julio 01, 2006

La sociedad de la información: destino el futuro

Que la sociedad y el mundo están cambiando es algo que no le sorprende a nadie. Las estructuras económicas –que dominan todo el esqueleto social, debido a la imposición de un capitalismo cada vez más liberal como sistema regio- han traído consigo un cambio progresivo en los usos y costumbres de todos nosotros. A principios del siglo XIX la gran mayoría de los países que hoy conocemos con el ostentoso nombre de “potencias mundiales” estaban iniciando la industrialización. A mediados de esa centuria Inglaterra, Holanda, Bélgica, Alemania, el norte de Francia y de Italia y el este de Estados Unidos estaban decorados con miles de chimeneas de ladrillo que desprendían humo negro. Un humo que representaba la riqueza… para sus propietarios, el proletariado vivía mucho pero de lo que nunca lo hizo un campesino feudal.
El panorama no mejoró mucho en los siguientes cincuenta años. La creación de los sindicatos y las asociaciones de trabajadores suavizaron muy ligeramente la presión de los obreros. Mientras, las rápidas mejoras tecnológicas no hicieron sino aumentar la capacidad de producción y, en muchas ocasiones, enjugaron los beneficios antes nombrados.
Es precisamente en esta época, justo cuando nos encontramos en pleno apogeo del colonialismo, cuando empezamos a vislumbrar una pequeña “fisura” en el mundo. Se extiende, más o menos a la altura del estrecho de Gibraltar, quizá un poco más al norte, y divide el mundo en dos mitades totalmente asimétricas. Como casi siempre, la avaricia, uno de los más preciados y practicados dones del ser humano hizo que la fractura se acrecentara.
Poco después de la II Guerra Mundial, cuando el Plan Marshall empezó a dar sus frutos y Europa fue capaz de reconstruirse a sí misma –léase los “milagros” alemán e italiano-, la grieta se abrió en otra dirección. Ya no había dos mitades, ahora había tres: occidente o el primer mundo; el pacto de Varsovia o el segundo mundo y el Sur o el tercer mundo.
El aislamiento entre todas esas partes fue atroz y, como casi siempre, fueron los más débiles los que pagaron las consecuencias.

Finales de los ’80 y principios de los ’90, el falso espejismo:

Pero siempre hay esperanza. La caída de la URSS y del Muro de Berlín hizo que muchos se regocijasen: por fin llegaría la tan ansiada unificación de algunas de esas partes. Además, poco a poco, desde los años ’80, las grandes industrias pesadas que durante décadas alimentaron el sistema capitalista daban paso a otro tipo de trabajos que no requerían tanto esfuerzo físico ni tampoco ambiental. Dejaban tiempo al ocio. A la libertad personal y, además, permitían el crecimiento individual de cada persona. El sector terciario nos adentraba en una nueva era, igual que dos siglos antes el hombre paso de la edad agrícola a la edad del metal. Estábamos ante la edad de la tecnología.

Precisamente, es desde esa década cuando empieza un desarrollo insospechado de la tecnología. Sobre todo de lo que los expertos han denominado la tecnología del silicio. Ordenadores cada vez más potentes y pequeños. Televisiones con mejor resolución. Radios con más cobertura. Teléfonos celulares más polivalentes y compactos. Microreproductores de música. Todo es mejor.
En este decorado hubo una industria que supo aprovecharse mejor de todo ello. De la misma forma en que la imprenta supuso una evolución sin precedentes en la expansión de la cultura por medio de los libros, las nuevas y portátiles tecnologías que invadían nuestras vidas supusieron un cambio diametral en cuanto al consumo de información, con lo que paso a convertirse en un valor extensivo y, como siempre, de valor incalculable.
Un último paso –aunque probablemente no sea el último- requería la inmediatez que ya nos daba la televisión, con una cobertura absoluta –a la que no llegaba la pequeña pantalla-. Todo ello lo solucionó Internet.

La solución como problema

Para estar totalmente informado en cualquier momento y en cualquier lugar tan sólo se necesita un equipo informático. Un ordenador y un módem. Entonces, ya se puede transmitir y recibir archivos, tramitar información, trabajar con ella. Parecía que, por primera vez en la Historia, el hombre es capaz de saltarse las reglas espaciotemporales de la física y ser omnisciente.

Pero, precisamente, que el primer mundo acelere tan rápido hacia su futuro, que se hiperdesarrolle ha provocado, como en cualquier sistema muscular, un hipodesarrollo del resto del aparato tractor que lo rodea. Como consecuencia, la enorme necesidad de fagocitar recursos por medio de Occidente ha traído que otras partes del Planeta se conviertan en meros productores no consumidores.
Un ejemplo lo encontramos en el sudeste asiático: la mayor parte del textil y de las nuevas tecnologías que se consume a nivel mundial se fabrica en esta extensa región. Los tigres y dragones que hace décadas parecían mostrarse como alternativas al poder económico del trinomio Estados Unidos-Europa-Japón, se han convertido, más bien, en hormigas obreras altamente cualificadas que nutren de maquinaria al proceso productivo occidental.
Las cifras no mienten: los dragones y tigres construyen más del 70% de los equipos informáticos del mundo. Tan sólo consumen el 10%.
Este es un claro ejemplo de que la sociedad tecnológica ya no tiene una fisura, sino una amplia brecha que la separa del resto del planeta.

La fractura digital: el primer y el último mundo

Es aquí donde encontramos el nexo entre fractura digital y fractura informativa. Si bien a lo largo de los siglos la información ha sido considerada como un bien de valor incalculable, es precisamente ahora, cuando esta masificada, cuando más valor adquiere.
Al fin y al cabo, estar desinformado o, mejor dicho, caer en la desinformación de la no selección de datos se puede traducir en un aislamiento irreparable.
Los expertos consideran que un año desenchufado de las nuevas tecnologías equivale a perder siete años de vida para un adulto.
Si calculamos los años de desfase que llevan los países del Tercer Mundo, no tendríamos suficientes dentro de la Historia de la Humanidad.
En muchas regiones de África y de Asia que ocupan millones de kilómetros cuadrados y que habitan cientos de millones de personas, ni siquiera tienen electricidad, algo que se generalizó en casi todos los países desarrollados hace más de 70 años. Esto nos da un retraso de casi cinco siglos.

Los intereses del Primer Mundo

Pero ante todo esto hemos de reflexionar de que intereses subyacen dentro de las grandes potencias del Primer Mundo para mantener a la gran mayoría de la población mundial dentro de la más absoluta de las miserias informativas, tecnológicas y, en definitiva, sociales.

Si tenemos en cuenta las principales teorías del capitalismo –no olvidemos que es la razón de pensamiento de casi todos los países punteros-, un mundo equilibrado y con capacidad de creación de bienes económicos es aquel que mejor reparte la riqueza y, por lo tanto, el que más rápido la crea, puesto que alguien con dinero es alguien predispuesto a consumir y, por ende, alguien que necesita que otra persona produzca. Es algo similar al viejo refrán castellano que reza que “dinero llama a dinero”.
Precisamente por eso hemos de preguntarnos porque a muchas personas les interesa este desfase y, sobre todo, porque se permite que exista.
Como es sabido por todos, la economía capitalista potencia mucho más el desarrollo microeconómico frente al desarrollo de los Estados. Esto provoca que los intereses de las grandes multinacionales se impongan, a menudo, a los intereses de las teorías antes mencionadas.
Al fin y al cabo, una de las principales reseñas para obtener mayores beneficios es la reducción de costes. Todo ello se consigue con la compra de material a bajo coste.
En lo referente exclusivamente a la fractura que se ha abierto entre las zonas desarrolladas-tecnificadas-informadas y las zonas que no lo están me gustaría reseñar unas cifras que podemos encontrar en El estado del Mundo y que son facilitadas por la ONU: sólo el 15% de la población mundial tiene acceso de banda ancha a internet. De ese 15%, el 80% no lo utiliza para recibir información, sino para ocio o descarga de materiales relacionados con ocio. En definitiva, si tenemos en cuenta que la población mundial es de unos 6.300 millones de personas, según las últimas estimaciones –dadas a conocer tras el reajuste del censo chino- sólo 190 millones de personas emplean internet con fines útiles.
Otra cifra al margen que no se puede relacionar directamente con este dato es que unas 200 millones de personas acumulan más del 60% de la riqueza mundial. Probablemente la relación no sea directa, pero sí queda claro que un nuevo sistema feudal de pocos ricos y poderosos –informados y tecnificados- se están imponiendo cada vez más a una mayoría que o no tiene oportunidad de acceder al futuro, o simplemente, no quiere hacerlo.
Esta claro que el futuro ha llegado, pero sólo a unos pocos.

2 Comments:

At viernes, julio 21, 2006 11:41:00 a. m., Anonymous Anónimo said...

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At domingo, julio 23, 2006 7:51:00 a. m., Anonymous Anónimo said...

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