domingo, junio 11, 2006

España, pandereta y botijo

Antes de nada, siento no haber podido escribir antes algún post un poco menos "tecnócrata" que los anteriores, pero las obligaciones de la universidad mandan...
Hoy voy a tocar un tema que no pude en su momento. Aunque parezca que no tiene mucho que ver con el resto de los contenidos del blog, la verdad, es una crítica hacia la política municipal y cultural que se da, sobre todo, en la capital del vecino reino, España.
Recientemente murió, como todos sabeis, Rocío Jurado, la chipionera, en honor a la bonita localidad andaluza -he tenido el placer de visitarla y disfrutar de su buen tiempo y de su exquisita gastronomía mediterránea- en la que nació.
Durante décadas fue una de las músicas españolas con más renombre y cosechó importantes éxitos de ventas en su propia tierra -algo que muchos cantantes modernos no han conseguido- y ayende las Américas -Latina, por supuesto, Estados Unidos sigue estando vetado para cierta música española-.
Hasta aquí todo "bien" -obviamente, nunca le deseamos la muerte a nadie-. No soy, ni mucho menos, aficionado a la música flamenca. Casi a la música en castellano, ya que mi paladar se decanta más por el rock y el pop, y salvo excepciones tipo M-Clan, Mägo de Oz, alguna canción de Fito -muy muy muy muy muy puntual- y de algún otro grupo tipo Celtas Cortos, la verdad me decanto más por la música que se hace de Nueva York a L.A. Probablemente por ello no sea capaz de calibrar, realmente, la "grandeza" de su voz o de su música.
A pesar de ello me quedé obnubilado cuando ví el fasto de su entierro. Miles de personas se acercaron hasta su capilla ardiente. Los medios de comunicación (ya trataré más tarde este tema) se volcaron con la familia y su vida. Los demás famosos contemporáneos corrieron a dar su pesar y a subrayar su peso específico dentro de la música española y, en general, una gran parte de la sociedad lloró su pérdida.
Fue el equivalente hispánico al entierro de Freddy Mercury o John Lennon (salvando, pese a quien le pese, las distancias).

Y apareció el botijo
Despedir a alguien con cierto peso dentro de la sociedad por todo lo grande es algo que se ha dado y se dará siempre a lo largo de la Historia. En cierto modo sirve para igualarnos (no sólo los políticos, los jefes de Estado y los militares son importantes). Al fin y al cabo, estoy seguro de que cualquier cantante ha hecho más por nosotros que cualquiera de los anteriores. ¿Quién no tiene su canción? ¿Quién no recuerda su película o su libro o cuadro favorito? Ese que le hizo llorar, sonreír o pasar un momento inolvidable sólo, con su pareja o sus amigos.
Estoy seguro que Warhol aplaudiría que cada persona tiene un momento de gloria que recuerda antes de morirse. Un momento de gloria que perdura en nuestra retina y que recordamos cuando estamos más hundidos. O simplemente, cuando vemos la luz al final del túnel. Cuando pensamos, como casi siempre, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Seguro que unimos a una canción nuestro mejor verano -en mi caso el que precedió a mi entrada en la universidad-.
Sin embargo, también nos desnivela. Nos recuerda que hay diferentes tipos de personas. Y que el ser humano, los medios de comunicación y los políticos harán todo lo posible por recordarnos quiénes son los ciudadanos de primera y quiénes los de segunda.
Fue vergonzoso ver cortada la Castellana en plena mañana entre semana para que pasase la comitiva del entierro. Fue vergonzoso ver que los medios de comunicación sólo trataban su muerte. ¿Y qué pasa con los demás enfermos de cáncer? ¿Qué pasa con mi abuelo? ¿Dónde estaban los alcaldes? ¿Las figuras? ¿Dónde estaba la policía? Y más allá, ¿dónde estaba Gallardón cuando murió Rocío Durcal? Una persona que cosechó en México -el país con más hispanohablantes del planeta- un éxito mayor del que nunca pudo soñar Rocío Jurado.
Aquí se volvió a demostrar la pandereta y el botijo.
Respeto su muerte. Respeto el dolor de su familia. No puedo respetar que nos hagan creer que una persona que estaba en plena decadencia profesional tenga todos los honores. Más cuando muchas personas -doctores, abogados, periodistas, arquitectos, misioneros- mueren a diario en la larga y ancha Castilla y nadie mueve un dedo por recordarlos.

El papel de los medios
Pero, aunque no me creáis, lo que más pena me dio fueron los medios de comunicación. En especial Tele5. Para mí, sin duda, la más penosa, junto con Antena 3, de las televisiones de ámbito estatal. Son TV privadas en cuanto a su capital, pero que nadie olvide que ocupan un espacio público. Las ondas hertzianas y las licencias que les permiten emitir. Que nadie olvide que si emiten es por una subasta pública y que, como tal espacio que ocupan tienen una responsabilidad con la sociedad. Capitalizar todo su contenido en la muerte de una persona. En su vida. En desangrar a los familiares y a la propia fallecida para obtener un espectador más que les dé un euro más de publicidad dice mucho de sus directivos.
Me da igual que hablen de capitalismo. De que una privada emite lo que quiere o que ellos dan lo que más espectadores les da y que a la mayoría les interesaba eso.
Todo ello es falaz. Son simples sofismos con las cifras. ¿Nadie recuerda que la gente ya está harte del fútbol, los toros y la prensa rosa? Si no, ¿cómo se explica que cada vez más gente se una a las plataformas digitales?
Cada vez que parece que España da un paso adelante socialmente (bodas homosexuales, por ejemplo) pasa algo de esto y nos vuelve a enseñar que la cabra tira al monte y que dentro, y no tan dentro, siguen estando la pandereta y el botijo.

2 Comments:

At viernes, julio 21, 2006 11:41:00 a. m., Anonymous Anónimo said...

Super color scheme, I like it! Good job. Go on.
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At domingo, julio 23, 2006 7:51:00 a. m., Anonymous Anónimo said...

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