miércoles, abril 26, 2006

Y yo que me quejaba

Me he dado cuenta repasando el "blog" de memoria durante mis vacaciones en Salou que últimamente no hacía más que protestar por todo. Política, economía, sociedad, deportes, etc. Más o menos como un viejo gruñón que no le ve nada bueno a esta vida. Y la verdad, estas vacaciones me he quejado mucho de algunas cosas que no me han gustado, pero también me ha servido para darme cuenta de lo bueno que suele tener nuestro trocito de tierra.
Lo primero que me llamó la atención al bajarme del autobús en el hotel (que estaba situado en Cap Salou, no en el propio Salou) fue que el recepcionista nos saludó en inglés (qué fue del nacionalismo catalán que obliga a sus alumnos a aprender y emplear como lengua cotidiana la lengua de la tierra) para después avanzarnos que los horarios de comida eran de 8 a 9:15 de la mañana para el desayuno; de 1 a 2:15 para la comida y de 8 a 9:15 para la cena.
Un horario muy poco "mediterráneo" pero, al fin y al cabo, el que había. Lo siguiente que me llamó poderosamente la atención ocurrió al llegar al comedor después de dejar las maletas en nuestra (bonita, dicho sea de paso) habitación.
La comida era típicamente "british": muchas salsas extrañas y grumosas para ornamentar alimentos como la pasta, pescados irreconocibles y trozos de carne de origen ligeramente incierto. La bebida (en este caso agua), extremadamente cara: 1,5 euros por tan sólo medio litro.
Durante la tarde del primer día nos dimos un paseo por Salou: mi idea sobre el nacionalismo catalán se acabó de derrumbar. El primer idioma de los menús era el inglés, el segundo el alemán o francés, después el castellano y después el catalán. ¿Dónde se queda el orgullo de la nación catalana? Por desgracia creo que en cuarto puesto.

La falsa importancia del turismo
A la sazón de todo esto, me di cuenta durante la semana que pasé en el Molinos Park (de tres estrellas) que el papel de los autóctonos era bastante residual. Desde los camareros del bufé hasta las señoras de la limpieza nos hablaban en inglés (o algo parecido que en algunos casos no llegué a descifrar). La comida, las bebidas de la cafetería y las animaciones de los niños estaban dedicadas a los huéspedes británicos hasta tal punto que el encargado de cuidar a los más pequeños no sabía hablar castellano.
Fue precisamente ésta una queja que vi que interponía una madre desesperada por el aburrimiento que sufrían sus querubines mientras yo me despedía el domingo del recinto. Animado por la conversación y las vagas excusas del recepcionista, le recordé que los únicos con licencia para fumar en cualquier lugar del hotel (y por lo que pude oir a una chica de mantenimiento, también para orinar y vomitar) eran los extranjeros.
Finalmente, ante el empuje de las quejas tanto de la madre como mías el hombre cedió: "nosotros vivimos de los ingleses todo el año, la razón por la que tenemos cuatro parejas vascas en el hotel es porque nos ha insistido Halcón Viajes que necesitaba cuatro habitaciones para alojarles esta semana". Al respecto: chapó a Halcón Viajes, ya sabe como reciclar a los que pagamos como los demás, mandándonos al final de Salou al equivalente catalán de Gibraltar.
A todo ello había que sumarle que el precio por tres kilómetros de distancia y diez minutos en autobús era, como mínimo, de 1,5 euros por persona, ya que no existe ningún abono para nadie que no esté jubilado.
Todo ello me ha llevado a una conclusión: me quejaba del transporte público en Euskadi, mucho más moderno y rápido, además de barato. Me quejaba de los descafeinado que se veía últimamente el nacionalismo en Euskadi: aquí, por lo menos, los idiomas no oficiales no aparecen en primer lugar. Me quejaba de lo mal situados que se encontraban en Euskadi ciertos alojamientos, nosotros estabamos en mitad de la selva negra.
Sí es cierto una cosa sobre el emplazamiento: una compañía desahogada y el increíble paisaje que nos rodeaba, con el Mar Mediterráneo de frente y bonitos pinares de la cuenca del Ebro abrazándonos, hacía de los Molinos un lugar exquisito para apartarse, por un momento, del estrés de la universidad, el trabajo y, casi casi, de cualquier rastro de civilización.