miércoles, abril 05, 2006

Marcados por creer


No llevo mucho tiempo escribiendo en el blog. Más o menos desde que Gorka Palazio nos enseñó cómo usarlos y descubrí que podía ser un modo de expresar mis ideas. No para que los demás me dieran la razón o me criticaran. No sólo para conseguir que la gente me leyese. Más bien para desahogarme. Para compartir con los demás y conmigo mismo lo que pienso en cada momento. Algo así como un "diario secreto" abierto a todo el mundo.
Los que me conocían antes de este blog supongo que no se habrán sorprendido demasiado con las cosas que he escrito. Creo que todos sabían mi modo de pensar respecto a la política -no me gusta ocultar mi condición, pues considero que la ideología política es una faceta importante a la hora de estructurar el pensamiento de cada uno-. También que me gusta viajar. El tipo de cine con el que disfruto y la música que me "pega".
Eso es algo que tengo que agradecer a este blog. Los que me conocían me conocen aún más o, mejor dicho, han visto que me reafirmo en mis fobias y mis gustos. Los que no, espero que no se hayan asustado mucho.
Bueno, sin más preámbulos, voy a centrarme en lo que quiero contar hoy: los estereotipos. Durante unas cuantas semanas he estado bastante "reflexivo" conmigo mismo. Con mi modo de ser y de pensar y una de las cosas en las que mas me he fijado es en la cantidad de estereotipos que componen la mente humana. No sólo sobre los demás, sino también sobre nosotros mismos. Nuestra forma de pensar es, muchas veces demasiado cerrada. Demasiado ciega. Siempre hace falta que alguien que ve nuestro mundo desde fuera venga a abrirnos esos ojos. Un profesor de filosofía del que "disfrute" en el Instituto siempre nos recordaba lo importante que es la metáfora de "El Show de Truman". El que puede ver todo desde fuera, puede controlarlo todo. Al tener una perspectiva alejada y completa de nosotros, pierde las connotaciones sentimentales, pero a cambio, aumenta geométricamente la visión del conjunto, de las razones y de las consecuencias y, por lo tanto, puede calibrar más cuál será la reacción de cada uno en cada momento.
No obstante, no es aquí a donde quiero llegar. Al fin y al cabo, la mente humana ha de ser totalmente libre para viajar donde quiera recorriendo nuestros recuerdos y sentimientos. Cuando dejamos de actuar con el corazón, de hacer lo que nos pide el instinto en cada momento perdemos nuestra condición humana para convertirnos en robots.

Quiero creer
La razón por la que escribo hoy es por dos experiencias que he tenido en los cuatro últimos días. La primera fue un trabajo que tuve que enviarle a Antonio García Gutiérrez, profesor de la Universidad de Sevilla y uno de mis maestros en los cursos de doctorado que curso sobre epistemología de la comunicación.
Se me mandó que leyera un libro titulado "Imperio" -que recomiendo a todos aquellos que quieran hacer un estupendo repaso a la historia del pensamiento político desde los griegos hasta finales del siglo XX- escrito por Michael Hardt y Antonio Negri. El primero es profesor de una prestigiosa universidad estadounidense. El segundo se encuentra actualmente en la cárcel por haber sido activista de izquierdas (comunista bastante radical por lo que he podido investigar) en los años 70 en Italia.
Ambos hacen un "ataque" bastante ciego a lo que denominan el "Imperio del capitalismo" o Estados Unidos. Atacan su sistema imperialista basado en el biopoder de Foucault (para invadirte no necesitan una guerra, sólo hacen que interiorices que ellos son el imperio usando medios como la televisión, el cine o la música). Supongo que habrá gente más o menos de acuerdo con ello. Al fin y al cabo, estos son días en los que todo el mundo cantamos odas contra el poderoso y se quiere arrimar al débil invadido (Palestina, Irak, Afganistán, etc.) mientras bebe una Coca Cola y calza unas Nike. A mi, sinceramente, no me interesa demasiado el papel de Estados Unidos más allá de lo que me afecte a mi y a mi tierra. Supongo que, como todos, tendrán cosas buenas y malas.
Sin embargo, para justificar sus planteamientos antiyanquis ambos autores hablan de que se está repitiendo un proceso que ya se dió hace décadas en Europa, cito: "el oscuro manto del nacionalismo se está ciñendo sobre el mundo".
Cuando lo leí me quede bastante impresionado. Más bien absorto en lo que, para mi, es la mayor aberración sobre la que han pasado mis ojos en un volumen de este tipo. Realicé la crítica y la envié. Pero poco después, tras leer noticias en medios "anacionalistas" -si es que existe esta palabra- como El Correo (que se autodefine así, como todo el Grupo Vocento al que pertenece) o El Diario Vasco, o antinacionalistas, como El Mundo, El País o ABC, me he dado cuenta que los que somos nacionalistas, da igual de izquierdas que de derechas, violentos o no, somos automáticamente marcados como neandertales.
Los políticos inventaron hace años la expresión ciudadano del mundo y con ella etiquetaron a todas las personas de bien, esto es, aquellas que no harán ninguna reclamación por el absoluto desarraigo que estamos sufriendo de manos del capitalismo y de los partidos políticos que se encuentran a su total disposición.
En la crítica del libro sentí la necesidad de comentarle al profesor mi indiganción por la colección de improperios que vertía en sus páginas sobre los que queremos a nuestra tierra, me da igual vasca que catalana que española o irlandesa. Le comenté que algunos nacionalismos si han sido una plaga (el nacismo o el fascismo) pero que esos nacionalismos no fueron más que la exaltación de una persona: Hitler no era nacionalista, Hitler se amaba a sí mismo por encima de todas las cosas. Mussolini no era nacionalista, era ególatra. Franco no era nacionalista, era un militar que cuando ganó la guerra decidió que se convertiría en el nuevo rey católico. Todos ellos tuvieron un punto en común: exaltaron el nacionalismo para ponerlo a su servicio. Ellos sólo se querían a sí mismos.
La respuesta del profesor fue que mi postura era valiente por defender mi amor a lo nacional, que la respetaba porque, aunque no la compartía, en esta época es necesario que tengamos algo en lo que creer. Sinceramente, he pensado mucho en lo que me dijo y creo que me ha dado una perspectiva muy novedosa del nacionalismo. Me he dado cuenta de que el nacionalismo muchas veces es una razón de fe. De creer. También he aprendido estos días la importancia que tiene no dejar caer en el olvido nuestras raíces. Muchas veces la belleza de un paisaje puede provocarte un torbellino de sentimientos que no lo podrá hacer ninguna riqueza material. Al fin y al cabo, cuando entramos en materia de creencias nos topamos, casi siempre, con las connotaciones y lo que nos dicta el corazón.

Despojos sociales
La segunda experiencia con estereotipos la viví ayer mismo. En una clase de la Universidad de Deusto. El debate que se planteó fue el del bien común y la paz social. No estoy muy docto en todo ello pero todo comenzó con un ejemplo puesto por una alumna: el centro de acogida para menores "conflictivos" -¿¡cómo se puede llamar así a un niño o joven de entre 13 y 17 años!?- en la localidad bizkaitarra de Amorebieta.
Por un lado todo el mundo era comprensivo con que "en algún lado tienen que estar" (me abstengo de opinar) pero, entonces, de las profundidades del aula salió una voz que dijo, sin temblar ni siquiera un poco, segura de "su razón" que eso no es el bien común porque "¿quién los quiere a su lado? sólo pueden traer problemas a la comunidad. Al fin y al cabo algo habrán hecho para estar en la cárcel (!!!!!!!)".
No voy a entrar a comentar mucho esto. Creo que no es el primer caso de personas que han estado en la cárcel o que cada año son ejecutadas por una legalidad que no es justa. Por intereses políticos, porque no se ha encontrado otro culpable que esa persona que estaba en el momento inadecuado en el lugar menos oportuno. Me gustaría que esa persona recordase que Gandhi estuvo en la cárcel. Que el Ché Guevara era un criminal para la "justicia". Que durante años a aquellas personas que no estaban de acuerdo con el régimen franquista se las metió en la cárcel o se las fusiló. Creo que muchas veces caemos demasiado pronto en la vagueza que supone decir "en democracia, con el Estado de derecho -espero que algún día alguien me defina qué es eso realmente- las instituciones funcionan y el bien siempre gana al mal -algo así como con los 4 fantásticos, Batman y Robin o Spiderman-.
Me dio mucha pena por lo peligroso que es que una persona que estudia lo que estudia piense así. Muy peligroso para la sociedad. Al fin y al cabo está abocada a regirnos si tiene suerte en esta vida. Sólo le faltó volver a aquellas teorías decimonónicas según las cuales los rasgos o el tamaño de la cabeza y las extremidades decían "inequívocamente" quien era o no un criminal.
Parece ser que dentro de poco a los niños se les pondrá un código de barras según cuál sea su modo de pensar... los que salgan defectuosos los reciclaremos. Increíble: a pesar de estar en el siglo XXI en plena "democracia", seguimos como en la Edad Media, marcados de por vida.

1 Comments:

At domingo, abril 09, 2006 1:19:00 p. m., Anonymous Aritz Garate said...

Me voy a referir solo al último ejemplo de el centro de menores (más que nada por no extenderme demasiado). Ejemplos como ese lo encontramos en cualquier lugar: no soy racista pero no quiero que un negro viva a mi lado o un gitano, entiendo que los drogatas necesitan un sitio para dormir pero no quiero que el centro Hontza este debajo de mi casa...

Por desgracia la mayoría de la gente son asi (quizá hasta en algún momento lo hay sido sin ser consciente), simplemente porque necesitamos sentirnos seguros, comodos y creemos que lo diferente, lo raro, lo problemático nos puede afectar. Yo he tenido la suerte de convivir con gitanos cerca, conocer arabes o africanos, entre ellos algún drogadicto. He tenido algún problema con alguno pero nunca he creído que todos son iguales.

Pero lo fácil es pensar que todos son malos, extrapolar el comportamiento de uno a toda la comunidad, solamente porque son diferentes, no son iguales y ello puede ser peligroso. Más bien, porque al cambio, a lo desconocido, se le teme. El problema, yo creo, es el miedo que le tenemos a lo diferente o desconocido, no tanto a la otra comunidad en si.

Por eso el bien común es ese, que todos seamos comunes, iguales. Y aquel que de ahí se sale, está bien, se le respeta, pero no a mi lado porque desvirtua mi comunidad.

Al final me he extendido, lo siento, pero está reflexión siempre la he tenido yo también dando vueltas durante demasiado tiempo. Imagina Gaizka si encima hubiese versado también sobre todo lo demás que has reseñado.

 

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