sábado, abril 01, 2006

La hora de decidir

Llegó el gran día. La gran noticia. ETA ha declarado la tregua. Era un secreto a voces que nadie quería decir pero que todo el mundo quería oír. Es el momento de que reflexionemos y veamos si somos capaces de cumplir las promesas que nos hicimos. Ya era hora de que la clase política tuviera que pasar por caja. Ahora ya no valen las intenciones, tan sólo los hechos.
Creo que más o menos todo el mundo sabe que hacía cuando se enteró de la tregua. Mucha gente se preguntó que significaba que se tratase de una tregua “permanente”. Es una pena que los periodistas, los que más tenían que preguntar al portavoz de Batasuna, no lo hicieran. A mi también me llamó la atención otra cosa. ¿Cómo es posible que se ilegalice a una formación –de un modo muy poco moral y contra la voluntad de gran parte del pueblo vasco- pero que pueda dar ruedas de prensa delante de decenas de periodistas?
La primera gran noticia sobre una tregua de ETA de la que tengo conciencia se dio cuando tan sólo estaba en el Instituto. Se dijo que a ETA no le quedaba más remedio. Había cometido demasiadas atrocidades (creo que una sólo ya son demasiadas) y ya no tenía crédito político. Las bases de Euskal Herritarrok empezaban a resquebrajarse demasiado. La sociedad que antes la miraba recelosa, la veía con una mezcla de miedo y odio. Ya no quedaba ningún resquicio de aquella organización que nació del PNV para hacer daño al régimen franquista.
Probablemente ése fue el problema. Ya no quedaba nada. Todo el mundo la dio por muerta y se negocio con ella por inercia no por que se creyera que se iba ir a algún lado. Además, faltó la presencia indispensable de aquel que los vascos decidimos fuera nuestro representante: el lehendakari. ¿Qué sentido tiene negociar con una nación si no está presente su máximo representante?
Esto es lo que me da miedo por ahora. De momento he visto muchas medallas. Muchas felicitaciones. Los populares dicen que es por la herencia de la persecución de la época Aznar. Lo que no dicen es que esa persecución masiva contra todo lo vasco también les costó ser apartados del Parlamento Vasco en su momento. Los socialistas hablan de que es por el talante de Zapatero con los nacionalistas –será con los catalanes, porque por mis tierras no ha hecho demasiado-.
En Batasuna hablan de nuevo de Otegi como el nuevo Gerry Adams. ¡Qué miedo me dan los “nuevos”! Desde el Gobierno Vasco dicen que era necesaria y que es una buena noticia porque se acerca el momento de la paz definitiva, pero no se acuerdan de que en las últimas elecciones se quedaron dormidos desde su primer puesto, que no le dieron al pueblo lo que el pueblo quiso recibir y que todavía tienen cara de susto cuando miran los últimos resultados electorales.
Los demás, bueno, los demás simplemente se congratulan en mayor o menor medida.
Supongo que como la sociedad vasca. Una sociedad que muchos se empeñan en enseñar como un pueblo gris. Atemorizada por el horror de las armas. Anquilosada en sus viejas creencias. Creo que el trabajo de los medios de comunicación es bueno a quienes les interese, pero no demuestra –en ningún caso- la realidad de un pueblo alegre que, de vez en cuando, se lleva sorpresas insospechadas. Hoy mismo, los periódicos publican que Bilbao superó en 2005 el millón de pernoctaciones. Bilbao turística. Cada vez viene más gente a los museos, a nuestra Aste Nagusia a estar con nosotros sin miedo a las armas. Al igual que ocurre con nuestros hermanos de conflicto, los orgullosos y hospitalarios irlandeses.
Ellos también lloraron sangre. La sangre de guerras civiles. La sangre de las víctimas de todos los bandos. La sangre de décadas sin paz. Pero también la sangre de no tener los mismos derechos que los demás, de no poder decidir, de que todos decidiesen por ellos, libertarios y opresores. Las lagrimas por perder su idioma, sus bailes, sus raíces.
Sin embargo, creo que estoy en lo cierto al pensar que si durante mil años no nos quitaron lo nuestro, lo que más queríamos: nuestra tierra, nuestras fiestas, nuestro idioma, nuestros paisajes de ensueño, nuestra comida, nuestro humor, nuestros deportes, nuestras creencias, no podrán hacerlo nunca.
Cuando el polémico Sabino Arana diseñó la Ikurriña –aunque parece ser que se han encontrado banderolas similares bastante anteriores a él en zonas como la necrópolis de Argiñeta, en Elorrio- supo escoger los colores. Ya hemos derramado bastante sangre –sea o no de gudaris- sobre nuestros verdes campos. Ahora toca el blanco de la pureza, el blanco de la paz.
Por eso espero que nuestros políticos den la talla. Durante años se nos acusó de ser una sociedad demasiado politizada. ¿Es eso malo? ¿Es malo que nos preocupemos por pensar en política? Puede que nosotros no pensemos en la política, pero la política pensará en nosotros. Esta frase, transformada por Arzalluz fue dicha dos siglos antes por Montesquieu. Todo es política. Cualquier decisión política influye en nosotros.
Creo que la Mesa de Partidos propuesta desde Lakua es una buena oportunidad para que, de una vez por todas, y no como en Argel, TODOS nos sentemos. Digo todos porque todos los vascos hemos votado. Cada uno a una fuerza política. Y todas deban estar. Los extremos –EHAK, Batasuna, PP- y el centro –PNV, PSOE-. La izquierda y la derecha. Los partidos más jóvenes y los más antiguos. Es aquí donde reside nuestra riqueza, en nuestra pluralidad. No aprovecharla sería, posiblemente, el mayor error de nuestra historia y un pueblo tan antiguo como el vasco tiene ya muchos experiencia como para permitirse más errores.
Lo que para muchos es un órdago de ETA o una excusa para librar a Otegi de la cárcel se equivocan. Muchos piensan que no hay que fiarse de los que son asesinos. En eso se excusaron hace años y el resultado demostró que estaban totalmente equivocados. Probablemente no sean las personas en las que confiaría mi casa, pero tampoco lo haría en políticos que, a diario, no cumplen sus promesas. No construyen carreteras u hospitales o sólo aparecen en las fotos que dan votos.
También creo que, por primera vez, debería entrar en la negociación un factor que hasta ahora nunca ha aparecido en las negociaciones ETA-España, pero que sí lo ha hecho, y con mucho éxito en el caso de los Acuerdos del Viernes Santo en Irlanda y en el desarme definitivo del IRA: el colectivo de estudiantes.
Tanto los sindicatos profesionales como los sindicatos de las universidades vascas (Oñati, Deusto, Arrasate y EHU) tienen representantes que deben denotar el sentir de la juventud vasca. En todos los países del mundo las universidades son motivo de orgullo, pues en ella se forjan sus “cerebros”. ¿Por qué no negociar con los cerebros del futuro? ¿Por qué no hacerlo con los trabajadores que nos dan de comer hoy día?
Probablemente esté cayendo demasiado en la utopía, pero, al fin y al cabo, creo que son días de esperanza. Días en los que hemos de buscar el mejor camino para todos y, sobre todo, el camino que desee el pueblo vasco, pues es éste el que debe decidir por sí mismo.
Y en esto sí voy a desmarcarme. Considero que es sólo el pueblo vasco. El que vive y muere por él. El que trabaja para mantenerse y para mantenerlo. El que suda por él. El que lo disfruta y lo siente, el que ha de decidir. No creo que sea tan complicado oír su voz en este caso. Tan sólo una palabra: referéndum.
Sin embargo creo que aquí viene el principal problema. No por quién votará y cuándo, como muchos promulgan, si no ¿qué preguntarle? No pienso que preguntas como las del CIS resulten acertadas: ¿es usted vasco o español? ¿se siente vasco español, vasco, español, español vasco? No. Creo que es importante que se le pregunte por qué quiere ser. ¿Quiere ser vasco o español? Y en función de la respuesta que, me guste o no, ha de ser respetada tanto como respetaron nuestros antepasados los fueros, preguntar entonces por segunda vez si desea ser federado, independiente, autónomo o lo que sea. Por eso creo que el proceso ha de ser lento, como las operaciones más complicadas. Teníamos un paciente en medio muerto que ha dado señales de vida. Su corazón vuelve a latir esperanzadoramente y es hora de que seamos cuidadosos en su resurrección. Hemos de hacerla entre todos. Olvidando el pasado (y el pasado no es sólo hace 40 años, también es anteayer) y centrarnos en algo que siempre ha diferenciado a este pueblo de los demás, su falta de miedo al futuro.
Volvamos a mostrarle a los demás nuestra emoción por el futuro. Nuestra ilusión por mejorar. Nuestro respeto por el pasado.
Una bonita canción de Oskorri resume perfectamente mi sentir: el mayor regalo y legado de nuestros antepasados es “no tener ganas de aplastar a nadie y no querer ser aplastados por nadie”.
Por fin llegó la hora de decidir.